En estos días como país hemos estado preocupados por la posible irrupción del coronavirus preparando a los equipos técnicos para prevenir, diagnosticar, medicar y aislar la aparición del virus.

Esta preocupación es válida porque infecciones en las épocas donde no teníamos los avances médicos actuales implicaban múltiples pérdidas humanas. Por ejemplo, la gripe española iniciada en 1918 implicó la muerte de 50 a 100 millones de personas en el mundo.

Las personas ligadas a salud pública han desarrollado formas de análisis (modelos) para comprender la velocidad a la cual se esparcen los virus. Uno de los más sencillos y antiguos modelos de epidemiología de William Kermak y Gray McKendrick de 1927 predice que, si una persona en un millón es infectada y no se limita el contagio, básicamente toda la población llega a adquirir la enfermedad. De ahí la preocupación fundada por el esparcimiento del virus.

Pero hay un peligro menos evidente, aunque más presente: es el virus de la desinformación, de la incapacidad de conocer la verdad detrás de los hechos y comprender los factores que los originan.

Hemos activado todo un sistema de identificación de quiénes podrían estar enfermos de coronavirus con los procedimientos respectivos. No obstante, cada día el virus de la desinformación penetra a nuestros dispositivos móviles, nuestros computadores, conversaciones de café e incluso discusiones en ámbitos académicos.

El “virus de las narrativas equivocadas” es más grave de lo que uno cree. Muchas se basan en la confusión de correlación con causación: el hecho de que algo suceda al mismo tiempo que otro hecho no implica que el primero lo cause.

Permítanme aclarar este punto con un ejemplo basado en el clima lluvioso de esta semana. Si mis hijos hubiesen observado que yo sacaba un paraguas y luego comenzaba a llover, tal vez podrían haber deducido que mi paraguas causaba la lluvia. Pero, la verdadera razón de esta coincidencia es que yo me enteraba por las noticias que el día iba a ser lluvioso y, por eso, sacaba el paraguas.

Esta distinción es menos evidente en otros casos. Un estudio encontró que los niños que dormían con la luz prendida tenían miopía. Sin embargo, luego se descubrió que la luz se mantenía prendida porque lo padres tenían miopía y estos la heredaban a sus hijos.

Añado un ejemplo más local: en 2019 comenzamos a exportar carne al extranjero justo en los días que tuvimos que lamentar los incendios forestales. Ambos no estaban relacionados ni siquiera geográficamente, pero hubo indignación porque se incurrió en suponer que ambos estaban relacionados.

Aclaro que la preocupación por el medioambiente es legítima y con evidencia científica. Se deben activar las políticas públicas que puedan impedir semejantes tragedias. Sin embargo, debe apuntarse a las verdaderas causas y no a las que consideramos que las son y no tienen relación como la anterior.

En la ciencia económica esta línea de análisis de las ideas y sus efectos está creciendo. Un ejemplo es el excelente y reciente libro Economía de la narrativa, del premio nobel Robert Shiller, donde analiza estos tópicos.

Algunos de sus resultados son desalentadores. Por ejemplo, la verdad no es el mejor antídoto para los chismes porque hay tanta gente que lo cree que es casi imposible de refutar. Entonces la mejor forma de evitar el contagio es no difundirlo. Si alguien tose cerca de usted sin taparse la boca, usted lo regañará. Pero eso no sería el caso si alguien, aún de buena voluntad, trata de infectarlo con noticias falsas.

Otro problema de la discusión de ideas falsas o sin argumentos es que no son útiles. Nos convierten en entes discutiendo entre sí, pero sin llegar a un acuerdo. De hecho, ese es el título de otro libro de Paul Krugman, también premio nobel, Discutiendo con zombis, con énfasis en la polarización de ideas.

En síntesis, evitemos el virus de la desinformación, para lo cual le aconsejo que escuche, lea, vea, pero sobre todo dude.

Autor: Pablo Mendieta Ossio